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30. Lord Byron

Byron también tenía que llevar mascarilla. Ocultaba su inseguridad y sus debilidades, como el cariño, la amabilidad y la ternura, con las defensas de un aparente cinismo o una aparente dureza y confianza en sí mismo. Pues muy pronto aprendió que era un mito y una leyenda que debía cultivar para la posteridad.

En su patria pasó de verse como el favorito de todos los salones y el deseado de las damas a ser excluido como maldito. Las causas de este vuelco fueron de tipo moral y político: sus relaciones incestuosas con su hermanastra Augusta fueron uno de los pretextos para que la envidia de su enorme éxito popular se revistiera de rechazo e indignación hipócrita. Pero también estaba detrás su admiración por Napoleón –el enemigo de Inglaterra- y sus discursos radicales en la cámara de los Lores en favor de los obreros oprimidos. No sólo en su país Byron se destacó como defensor de la libertad; en su exilio voluntario, pero en parte forzado, se comprometió en Italia con los revolucionarios e ingresó en los carbonari[1], antes de terminar su vida como un héroe de la independencia griega.[2]

Por su entrega a esa causa, al final de su corta vida volvió a ser valorado en su país, principalmente en los círculos liberales. En Grecia fue y sigue siendo considerado como un héroe nacional.

En Alemania Goethe fue un gran admirador suyo, y, cuando se enteró de su muerte le dedicó este homenaje: “Descansa en paz, amigo mío; tu corazón y tu vida han sido grandes y hermosos”.

                        

Bibliografía en castellano

Morir de pie. Lord Byron. La fontana mayor, 1976.

-Lord Byron. Las peregrinaciones de Childe Harold. El corsario. S.A. de promociones y ediciones, 1983.

-Lord Byron. Don Juan I y II. Cátedra. Letras Universales,1994

Lord Byron. Obra selecta (Peregrinaciones, canto 1, La novia de Abydos, Lara, Beppo, Mazeppa). Edicomunicación, Fontana, 1997)

-Lord Byron. Mazeppa. Visor, 1999

-Lord Byron. La visión del juicio. Poemas de amor. Alba poesía, 2018

-Byron. El último viaje, Harold Nicolson, Siruela, 2007

-Lord Byron, Diario de Cefalonia, Júcar, 1975

-Lord Byron, Débil es la carne. Tusquets, 1999 (Correspondencia en Venecia)

-Lord Byron. Diarios, Alamut, 2008

Poesía romántica inglesa. Orbis, 1982

Cronología de las obras principales

• 1807: Horas ociosas
• 1809: Bardos ingleses, críticos escoceses
• 1812-1818: Las peregrinaciones de Childe Harold
• 1813: La novia de Abydos
• 1813: El Giaour (El infiel)
• 1814: El corsario
• 1814: Lara
• 1815: Melodías hebreas
• 1816: El sitio de Corintio (poema)
• 1816: Parisina
• 1816: El prisionero de Chillon
• 1816: El sueño (poema)
• 1816: Prometeo
• 1816: Oscuridad
• 1817: Manfred
• 1817: Las lamentaciones por el Tasso
• 1817: Beppo
• 1818: Mazeppa
• 1819: La profecía de Dante
• 1820: Marino Faliero
• 1821: Sardanápalo
• 1821: Los dos Foscari
• 1821: Caín
• 1821: La visión del juicio
• 1821: Cielo y tierra
• 1822: Werner
• 1821: El deformado transformado
• 1823: La Edad de Bronce
• 1823: La isla
• 1824: A mis treinta y seis años
• 1819–1824: Don Juan (incompleto a causa de su muerte)

  1. Poemas narrativos

De Childe[3] Harold

  1.  

Antaño, en la isla de Albión, vivía un joven que no encontraba encanto alguno en los caminos de la virtud; Pasaba sus días en andanzas locas y escandalizaba con su alborozo los lánguidos oídos de la noche. Childe Harold era su nombre, pero ¿de dónde venía aquel nombre? ¿Cuál era su linaje? A mí no me conviene decirlo, baste solamente saber que era un gran nombre

y que había sido glorioso en otros tiempos, pero antes de haber recorrido un tercio de su vida Childe sintió algo peor que la adversidad: sintió el asco de la saciedad. Entonces aborreció vivir en su país natal

….

Había suspirado por muchas mujeres, pero no había amado más que a una

y aquella amada, por desgracia, no podía ser de él.

52

Todo indica lo que va a suceder. Pero aquel que con una mera señal de la cabeza ha derribado del trono a déspotas no tan fuertes como él[4] hace una breve pausa antes de levantar el brazo; dígnase otorgar un momento de respiro. Pronto sus legiones barrerán todo cuanto se oponga a su paso, y fuerza será que el Occidente doble la cerviz ante el azote del mundo. ¡Infeliz España, infeliz de ti, cuando el Buitre de las Galias despliegue sus alas y se cierna en los aires, porque has de ver a tus hijos precipitados a montones en el abismo de la muerte!

53

¿Y habrán de perecer? ¿Será que la juventud, el orgullo, el valor, sucumban sin remedio para saciar la funesta ambición de un jefe engreído? ¿No hay término medio entre la sumisión y le tumba, entre el triunfo de la rapiña y la caída de España? ¿Ha decretado su perdición ese Poder Supremo que el hombre adora sin prestar oído al clamor de las víctimas? ¿Vendrán a ser inútiles el heroico denuedo, el consejo prudente, el celo patriótico, la pericia del veterano, el ardor de la juventud y el acerado corazón de la edad viril?

54

¿Para eso se ha rebelado la joven española[5], dejando pendiente de los sauces la destemplada vihuela y –desmintiendo a su sexo- ha entonado el canto de guerra y hecho cara violentamente a los peligros? Ella, que se asustaba a la vista de la más leve herida, que temblaba de espanto al oír el grito de la lechuza, esa misma contempla ahora imperturbable el choque de las erizadas bayonetas y el centelleo de los sables desnudos, y, por encima de los cadáveres todavía calientes, marcha con la bizarría de Minerva por donde el mismo Marte no podría hacerlo sin temor.

55

Vosotros a quienes causará maravilla la narración de sus hechos, ¡oh! si la hubieseis conocido en sus días más apacibles; si hubieseis visto lucir aquellos ojos negros que se burlan de su negro velo, y oído su voz limpia y jovial en el recinto de su habitación, y contemplado sus luengos cabellos que ningún pincel acertaría a copiar debidamente, y sus formas hechiceras, y su más que femenil donosura, mal hubierais podido creer que los muros de Zaragoza habían de verla un día sonriendo ante la Gorgona del Peligro, mermando las compactas filas del enemigo y conduciendo a los suyos por la temida senda de la Gloria

Agustina de Aragón

52

Portend the deeds to come: — but he whose nod

Has tumbled feebler despots from their sway

A moment pauseth ere he lifts the rod;

A little moment deigneth to delay:

Soon will his legions sweep through these their way;

The West must own the Scourger of the world.

Ah! Spain! how sad will be thy reckoning-day,

When soars Gaul’s Vulture, with his wings unfurl’d,

And thou shalt view thy sons in crowds to Hades hurl’d.

 53

And must they fall? the young, the proud, the brave,

To swell one bloated Chief’s unwholesome reign?

No step between submission and a grave?

The rise of rapine and the fall of Spain?

And doth the Power that man adores ordain

Their doom, nor heed the suppliant’s appeal?

Is all that desperate Valour acts in vain?

And Counsel sage, and patriotic Zeal,

The Veteran’s skill, Youth’s fire, and Manhood’s heart of steel?

54

Is it for this the Spanish maid, arous‟d,

Hangs on the willow her unstrung guitar,

And, all unsex’d, the Anlace hath espous‟d,

Sung the loud song, and dared the deed of war?

And she, whom once the semblance of a scar

Appall’d, an owlet’s larum chill’d with dread,

Now views the column-scattering bay’net jar,

The falchion flash, and o’er the yet warm dead

Stalks with Minerva’s step where Mars might quake to tread.

55

Ye who shall marvel when you hear her tale,

Oh! had you known her in her softer hour,

Mark’d her black eye that mocks her coal-black veil,

Heard her light, lively tones in Lady’s bower,

Seen her long locks that foil the painter’s power,

Her fairy form, with more than female grace,

Scarce would you deem that Saragoza’s tower

Beheld her smile in Danger’s Gorgon face,

Thin the clos‟d ranks, and lead in Glory’s fearful chase

 El corsario, espectáculo de danza de la Ópera de Viena en el teatro real de Madrid, 1916

De EL CORSARIO CANTO I

Cuando navegamos por las llanuras del inmenso mar azul, no hay límites para nuestros pensamientos y nuestras almas se sienten tan libres como las mismas olas. Tan lejos como nos pueda llevar el viento, por doquiera que murmuren las espumeantes olas, allí levantamos nuestro reino: ¡ese es nuestro hogar, nuestra patria sin límites! Nuestra bandera es el cetro que acatan todos los que la encuentran.

    Los azares de nuestra turbulenta vida comunican a nuestro espíritu igual placer al pasar de la lucha al descanso, del reposo a la fatiga. ¿Quién podrá describir el júbilo de estas alternativas? No serás tú, esclavo de la vida sedentaria, tú que te asustarías al verte sacudido por el mar bravío. Ni tampoco tú, vanidoso potentado dedicado a los placeres y a la pereza, para quien el sueño carece de dulzuras y el placer de encantos.

    Excepto aquel cuyo corazón ha sufrido y palpitado con la alegría del triunfo sobre las olas encrespadas, ¿quién puede expresar las sensaciones, el delirio que agita al hombre que vaga por esas llanuras sin límites ni huellas? ¡Desear por sí misma la pelea inminente, convertir en placer lo que otros llaman peligro, buscar con alegría lo que el cobarde teme con horror, lo que al débil espanta! ¡Sentir despertar la esperanza y renacer la alegría en el fondo de nuestro corazón!

    ¡No tememos la muerte si nuestros enemigos perecen con nosotros Nada tan triste como el tedio de la inactividad! ¡Que venga la muerte cuando quiera, nos encontrará gozando de la vida! ¿Qué importa que nos la arrebate la lucha o la enfermedad? Quienes encuentran atractivos en la vejez, que pasen sus achacosos años en el lecho del dolor, con la cabeza paralizada, temblando sobre sus hombros y el pecho angustiado por la fatiga. Para nosotros, el húmedo y fresco césped; para ellos, el lecho de la fiebre. Mientras entregan sus almas agotadas entre congojas y estertores, la nuestra nos abandona sin angustias y de un solo salto. Sus cadáveres pueden envanecerse con una urna o una mezquina fosa. Quienes los maldijeron en vida llenarán de flores sus tumbas.

    Pocas lágrimas caen sobre las nuestras, pero son sinceras; cuando el océano nos sirve de lecho y sepultura, un banquete nos llora, y las copas de nuestros compañeros se vacían en nuestro honor. Cuando los que sobreviven se reparten el botín, en sus rostros entristecidos se refleja el dolor de nuestra ausencia:

¡Qué feliz momento sería éste para el corazón de los valientes que ya no existen!

 En Childe Harold, El corsario y otros poemas narrativos, como Lara y El Giaour (El infiel) se perfila claramente el héroe byroniano que los admiradores del autor confundieron con el mismo poeta, pero que, verdaderamente, reflejan no su vida, sino sus sueños: un héroe solitario, misterioso. Como describe su creador (citado por A. Maurois) “No hay para él arrepentimiento, penitencia ni expiación…Es frecuentemente un renegado o un ateo; no desea el Paraíso, sino el reposo. Para distraerse de sí mismo se lanza a la acción, a la lucha; corsario o bandido, declara la guerra a la sociedad, persigue las emociones violentas. Aunque tuviera que perecer, hay que escapar al hastío de la vida”

De Don Juan (Traducción de Pedro Ugalde en Cátedra, letras universales)

Del Canto 1.

Busco un héroe, búsqueda poco frecuente
Cuando cada año y cada mes se inventa uno
hasta que, tras saturar las revistas con su palique
La gente descubre que no era auténtico.
No voy a molestarme a ensalzar a uno de éstos.
Por contra, prefiero a Don Juan, nuestro viejo amigo.
Todos le conocemos en la pantomima enviado
al infierno un poco antes de tiempo
        8.

Nació en Sevilla, ciudad magnífica
y famosa por sus naranjas y mujeres.
Quien no la haya visitado tiene mucho que lamentar.
Así reza el proverbio, y convengo en ello.
De todas las ciudades de España no hay otra más preciosa
excepto Cádiz quizá. Enseguida lo veréis.
Los padres de Don Juan vivían junto al río,
ese noble caudal llamado Guadalquivir

        22.

Es una pena que doncellas educadas se casen
siempre con personajes carentes de ilustración
o caballeros que, aunque de buena alcurnia y crianza,
sean sordos a la disquisición científica.
Más prefiero no mencionar estas mentalidades,
soy un hombre sencillo y he visto pocas cosas
pero, ¡ah, maridos de damas intelectuales!
decidnos sinceramente, ¿no os han vuelto unos calzonazos?

       55.

Entre sus numerosas amistades, todas

distinguidas por su discreción y devoción.

se hallaba doña Julia, a quien calificar de hermosa

no sería sino exponer una pálida noción

de los encantos que atesoraba, tan naturales

como el dilzor en las flores o la sal en el mar,

el cinto en Venus o el arco en Cupido

(pro este último símil es estúpido y vulgar)

56.

Sus ojos oscuros y orientales

concordaban con su origen moruno.

Su sangre no era del todo española y esto

en España ya sabéis que es como una lacra.

Cuando cayó la altiva Granada y, forzado a huir,

lloraba Boabdil, algunos ancestros de Doña Julia

alcanzaron África, los otros se quedaron en España

y su tátara-tátara-abuela prefirió ser de estos últimos.

62.

Llevaba años casada con un cincuentón.

hay demasiados maridos así, pero

yo creo que mejor que uno sería

tener dos de veinticinco y, sobre todo,

en lugares tan próximos al sol.

Y, ahora que caigo, mi vien in mente

que hasta las damas de castidad acrisolada

prefieren un esposo que no llegue a los treinta.

63.

Mala cosa, evitar decirlo no puedo,

y toda la culpa es de este sol voluptuoso

que no deja nunca en paz a nuestro cuerpo desvalido

manteniéndolo caliente, febril y ardoroso,

que aunque todo el mundo ayune y rece

la carne es débil y el alma se extravía.

Lo que aquí llamamos galantería y los dioses adulterio

es mucho más común donde es agobiante el clima.

74

Hubo suspiros profundos y contenidos,

miradas furtivas y aún más dulces por lo prohibidas.

Rubores ardientes, aunque sin ninguna transgresión,

temblores al encontrarse y, al despedirse, zozobras:

pequeños preludios del trance amoroso

de los que la joven pasión no puede ser privada,

tendiendo simplemente a evidenciar cómo el Amor

se avergüenza al empezar con un novato.

82.

Cargada de buenas intenciones, pertrechada

con mallas a toda prueba su pureza de alma,

convicta Julia de sus mañas futuras

y de que su honor era cual mole rocosa

que sobrepujaba con su prudencia aquel trance, se sintió

dispensada de cualquier rigor fastidioso.

Pero si ella era o no capaz de tal cometido

es lo que relataremos a continuación

83.

Creía que su plan era inocente y, a la vez, factible,

y seguro que con un muchacho de dieciséis años

las garras del escándalo poco podrían hundirse

y, si llegaban a hacerlo, no satisfarían sino

tendencias muy positivas. Se sentía aplacada,

una buena conciencia apacigua a su portador.

Los cristianos se han despedazado unos a otros, convencidos

de que los apóstoles hubieran hecho lo mismo que ellos.

115.

Julia estaba sentada con Juan, medio abrazados

y ella hurtándose a sus acometidas vehementes,

temblorosos como el cuerpo que les sustentaba.

Y ella hubiera debido haber pensado en lo inocente

que era todo aquello o en lo fácil que era sustraerse.

Pero, con todo, la situación tenía su encanto

y decir más no puedo. Dios sabrá qué pasó.

Casi me arrepiento de haber empezado.

116.

Oh Platón, Platón, tú has empavesado el camino

con tus profusas fantasías, para la conducta

inmoral, con la mayor primacía delirante

que impone tu sistema sobre el núcleo

del corazón humano, que toda la extensa caterva

de poetas y escritores. Eres un pesado,

un pelma, un charlatán, y a lo sumo

no das más que para ser un puro alcahuete

Del Canto 2º

208

Pero Juan ¿había de verdad olvidado a Julia?

¿Es posible que tan pronto la hubiera olvidado?

No puedo sino decir que esta me parece

una cuestión intrincada, mas sin duda la luna

se comporta así y cuandoquiera que otra vez

surja una palpitación intensa, es su dádiva. Si no,

¿cómo diablos los rasgos nuevos tienen

tal encanto para nosotros, desvalidas criaturas                        humanas?

209

Odio la inconstancia. Detesto, aborrezco.

maldigo, condeno, abjuro de los mortales

por estar hechos de una arcilla tan modesta

que no permite fundar en su espíritu nada.

Amor, el fiel Amor ha sido mi huésped constante,

y, sin embargo, ayer noche, en una mascarada, vi a la criatura más preciosa, recién llegada de Milán,

que me deparó unas sensaciones propias de un villano.

210

Mas la Filosofía vino enseguida en mi ayuda

y susurró ¡piensa en los lazos sagrados!

Y yo dije: lo haré, Filosofía querida,

pero ¿y su sonrisa, oh cielos, y su mirada?

Sólo pregunto si está casada o no. O si no es

ni una cosa ni otra, sólo por curiosidad.

¡Alto! gritó la Filosofía con aire muy helénico

(aunque disfrazada de hermosa dama veneciana)

211

¡Alto! y me detuve. Pero sigo. Lo que la gente

llama inconstancia no es sino rendir admiración

a la rica profusión conque la Naturaleza

engalana a sus objetos preferidos;

Y así como en su  nicho casi adoramos

a una estatua de perfección colmada,

esta suerte de adoración de lo real

sólo es exaltación de un ideal de belleza

Don Juan es la culminación del arte narrativo de Lord Byron. Domina en esta obra todos los recursos narrativos, combinando descripciones líricas con digresiones, críticas literarias con escenas eróticas. El tono es inteligentemente irónico, y el narrador siempre aparece distanciado de sí mismo y frecuentemente autocrítico, como si quisiera hacer una parodia de sí mismo. Este Don Juan es más original que los anteriores modelos: no es un auténtico seductor, porque realmente se deja seducir por las mujeres y se enamora con ingenuidad de ellas. Los viajes tampoco son buscados por él que, más bien, es arrastrado por ellos, por lo que la obra tiene algo de novela de iniciación. Posiblemente la mejor cualidad que tiene este poema narrativo es que evita siempre la grandilocuencia y consigue ser auténticamente divertido.
  • Obras dramáticas

De MANFRED

BRUJA. – ¡Tú, Hijo de la Tierra!

Te conozco, y conozco la fuerza que te anima,

y sé que eres un hombre de pensamientos varios

y actos buenos y malos, en ambos extremado,

fatal y malhadado en tus padecimientos.

Esto me lo esperaba; ahora, ¿qué me quieres?

MANFRED. – Contemplar tu belleza, no deseo otra cosa.

El rostro de la tierra me ha enloquecido, y yo

me acojo a sus misterios, y penetro ahondando

las moradas de aquellos que la gobiernan. Pero

no pueden ayudarme en nada. He pretendido

de ellos lo que no pueden concederme, y ahora

ya no pretendo más.

BRUJA. – ¿Cuál fue la pretensión

que no entra en el poder de esos más poderosos,

que rigen lo invisible?

MANFRED. – Bien, aunque me torture, da lo mismo: hallará

mi tormento una voz. Desde mi juventud

mi alma no andaba al lado de las almas de todos,

ni miraba la tierra con miradas humanas;

la sed de su ambición no era como mi sed,

la meta de sus vidas no podía ser la mía;

mis gozos, mis dolores, mis pasiones, mi fuerza,

ya no simpatizaba con la carne que alienta,

ni entre las criaturas de barro en torno mío

había nadie, excepto… pero ya hablaré de ella.

Decía: con los hombres y con sus pensamientos

sólo tenía escasa comunidad; en cambio,

mi gozo era tener soledad: respirar

el aire enrarecido de las cimas heladas,

donde las aves no osan anidar, ni el insecto

vuela sobre el granito sin hierba; o zambullirme

en el torrente; o bien girar acompañando

el veloz remolino de las ondas quebradas

en el rápido curso del río o del océano.

En eso se alegraba mi fuerza juvenil;

o siguiendo en la noche la marcha de la luna,

las estrellas andando por el cielo; o captar

los deslumbrantes rayos hasta quemar mis ojos;

o mirar, escuchando, las hojas dispersadas

por los vientos de otoño en sus cantos de ocaso.

Tales eran mis gozos; y estar en soledad,

pues si uno de esos seres, de cuya especie yo era,

por mucho que lo odiara, cruzaba mi camino,

me sentía volver, degradado, con ellos,

y todo era otra vez barro. Así, andando a solas,

me hundía en las cavernas profundas de la muerte…

De Caín

Acto 2º, escena 2ª

LUCIFER

Debe ser ilusión, en ese caso,

porque ¿qué puede ser lo que más cerca

se te antoje mejor que la hermosura

que puedes atisbar allá a lo lejos?

CAÍN

Mi hermana y mi mujer que llaman Ada;

las estrellas del cielo que relucen,

ese profundo azul de noche oscura

bañado por la luz de un astro bello

que parece un espíritu o su sede,

el dorado arrebol de los ocasos,

la salida del sol esplendorosa,

su puesta indescriptible que me anega

los ojos con un llanto triste y dulce,

al verlo descender, porque desciende

mi corazón con él, cual si cruzara

su edén occidental hecho de nubes;

las sombras de los bosques y las ramas;

el trino de algún pájaro armonioso,

que una canción de amor une a los himnos

que entona un querubín, cuando ya el día

los muros del Edén en sombra deja;

todos esos encantos no son nada

para mi corazón, para mis ojos

cuando miro la faz de Ada, mi esposa,

porque aparto la vista de los cielos

para poder mirarla fijamente.

LUCIFER

Es muy hermosa, sí, mas es aquello

que a una frágil mortal en la alborada,

en el florecimiento de la joven

y lozana creación, en los abrazos

de los primeros padres de la tierra

le es dado producir; pero, con todo, [375]

no es más que una ilusión.

CAÍN

No eres su hermano,

por eso así lo juzgas

CAÍN

Hablas con altivez, ser orgulloso,

mas, pese a tu altivez tan indomable,

tienes un superior.

LUCIFER

¡No! ¡Por el cielo

donde aquél es Señor! ¡Por el abismo

y por la inmensidad de orbes y vidas

que gobernamos juntos! Reconozco

que tengo un Vencedor, mas no me inclino

ante alguien superior. Mil homenajes

de todos recibió, mas nunca el mío;

combato contra él como luchaba

un día en lo más alto de los cielos.

Toda la eternidad, el insondable

abismo de la muerte, los dominios

del espacio sin fin, la nunca exhausta

infinitud de siglos, todo, todo

se lo he de disputar. ¡Mundo por mundo,

estrella por estrella, y universo

también por universo! Temblorosos

deberán oscilar en la balanza

hasta que llegue el fin de ese combate;

si es que puede acabar, pues no lo haría

sino con él o yo a la nada vueltos.

¿Y quién a un inmortal extinguiría?

¿Quién podría apagar nuestro odio mutuo?

El, como vencedor, a su vencido

ha de llamarlo el mal. Pero ¿qué cosa

habrá de ser el bien que él os otorgue?

Sólo de vencer yo, podrán sus obras

considerarse un mal. Pero a vosotros,

novísimos mortales que ha bien poco

acabáis de nacer, ¿cuáles han sido

las cosas que os donó en tu parvo mundo?

CAÍN

Muy pocas y hasta amargas muchas de ellas.

*********************

La manzana fatal os ha otorgado

un formidable bien que razón llaman.

No dejéis que se rinda ante el tirano,

ni ante una ciega fe contraria a todo

sentido o sentimiento sofocados.

Pensad y resistid…; formaos un mundo

íntimo, impenetrable en vuestro pecho,

frente a todo lo eterno inexpugnable.

Así conseguiréis aproximaros

a la espiritual naturaleza

y ganar en la lid contra la vuestra.

Acto 3º

ABEL

(Haciéndole frente)

¡No lo vayas a hacer! No hagas que agrave

un acto de impiedad tu rezo impío.

Deja el altar en pie, porque ya es santo

al aceptar Jehová con placer sumo

las víctimas que dile en sacrificio.

CAÍN

¡El suyo! ¡Su placer! Pero ¿qué vale

ese goce de ver carne abrasada

y el humo de la sangre ante la angustia

y el balar de sus madres la ovejas

que buscan todavía acongojadas

sus corderitos muertos, ante aquellos

espantosos dolores de las tristes

víctimas ignorantes que ha inmolado

tu piadoso puñal? ¡Abajo! ¡Fuera!

Este brutal, sangriento testimonio

ante la faz del sol no será alzado,

manchando la creación con tal vergüenza.

ABEL

¡Atrás, hermano! ¡Atrás! Mi altar sagrado

no has de tocar violento. Si pretendes

un sacrificio hacer, yo te lo cedo.

CAÍN

¡Un sacrificio más! ¡Aparta! ¡Vete!

O tú serás la víctima…

ABEL

¿Qué intentas?

CAÍN

¿No ama la sangre Dios? ¡Déjame! ¡Quita!;

porque le he de dar más si no te apartas.

ABEL

Hermano, entre tu cuerpo y esta ofrenda,

en el nombre de Dios yo me interpongo.

CAÍN

Si te amas a ti mismo, vete lejos.

La hierba de este altar será esparcirda

por el suelo, si no…

ABEL

(Oponiéndose)

Más que a la vida,

debo amar a mi Dios.

CAÍN

(Golpeándole con un tizón que coge del altar)

Si ama las vidas,

dale la tuya a Dios.

ABEL (Cae)

¿Qué has hecho, hermano?

CAÍN

¡Hermano!

ABEL

¡Acoge, oh Dios, a tu sirviente,

y concede el perdón a su asesino!,

porque ignora su acción. ¡Ven a mi lado…![74]

¡Dame la mano! Y di a la pobre Sela…

CAÍN

(Tras un momento de estupor)

¡Mi mano! ¡Roja está! ¿Qué la ha teñido?

(Larga pausa. Mira lentamente alrededor)

¿Dónde se encuentra Abel? ¡Solo! ¡Estoy solo!

¿Y dónde está Caín? ¿Puedo yo serlo?

¡Despierta, hermano mío! ¿Por qué yaces

sobre la verde tierra? Todavía

no es hora de dormir… ¿Qué te produce

tamaña palidez? Esta mañana

de vida y de salud estabas lleno.

Te lo suplico, Abel, ¡deja esta burla!

¡Te he golpeado! ¡Es verdad!, tal vez muy fuerte,

pero no fatalmente. ¿Por qué, dime,

te intentaste oponer? ¡Esto es un juego!;

me quieres asustar. Sólo fue un golpe,

un golpe sólo. ¡Muévete! ¡Ya basta!

Muévete, nada más. ¡Ya es suficiente!

¡Respira sobre mí! ¡Estás respirando!

Sigue haciéndolo, Abel. ¡Oh, Dios! ¡Dios mío!

  • Poemas líricos

Texto 1. Epitafio a un perro.

Monumento a BOATSWAIN en Newstead Abbey.                                 

En este lugar

reposan los restos de un ser

que poseyó la belleza sin la vanidad,

la fuerza sin la insolencia,

el valor sin la ferocidad.

Y todas las virtudes del hombre

sin sus vicios

Este elogio,

que constituiría una absurda lisonja

si fuera escrito sobre cenizas humanas

no es más

que un justo tributo a la memoria de

BOATSWAIN,

un perro, nacido en Terranova

en mayo de 1803

y muerto en Newstead Abbey

el 18 de noviembre

de 1808

Epitaph to a Dog

Near this Spot
Are deposited the Remains of one
Who possessed Beauty without Vanity
Strength without Insolence
Courage without Ferocity
And all the virtues of Man without his Vices
This praise which would be unmeaning Flattery
if inscribed over human Ashes
is but a just tribute to the Memory of
BOATSWAIN a DOG,
Who was born in Newfoundland May 1803
And died at Newstead Nov. 18, 1808


Texto 2. Al cumplir 36 años

En este día cumplo

mi trigésimo sexto año.

Es hora de que este corazón se aquiete,
Pues ya no conmueve a otros:
Y aunque no pueda ser amado,
                Dejadme amar…

Mis días enhebran sus hojas marchitas;
Las flores y frutos del amor se han ido;
El gusano- el chancro, y el dolor

                       Son míos.

El fuego que hace presa en mi pecho
Es solitario como isla volcánica;
Ninguna antorcha prende a su llama

              De pira funeraria.

La esperanza, el miedo, el afecto celoso,
El cariz exaltado del dolor

Y la fuerza del amor no puedo compartirlos,
          Pero desgastan la cadena.

Mas no es así, y no es aquí
Donde tales ideas agitarán mi alma, ni el día presente
Cuando la gloria adorne el féretro del héroe
           O ciña su frente.

La espada, el estandarte, la batalla,
¡La gloria y Grecia veo alrededor!
El espartano que cayó sobre su escudo

            Jamás fue tan libre.

¡Despierta (no Grecia: ella está despierta),
Despierta,  espíritu mío! Piensa  a quién atraviesa
Tu savia al remontar su lago paterno,

              Y luego vuelve a casa.

Persigue esta pasión vivificante,
Indigna humanidad: debiera
Sonreírte o mirarte indiferente
                  La Belleza.

Si reniegas de la juventud, ¿para qué vives?
La tierra de la muerte honorable
Está aquí. Salta al campo de batalla
            Y rinde tu aliento.

Busca -a menudo menos buscada que hallada-
La tumba del soldado, la mejor para ti;
Luego mira alrededor y elige el sitio,
             Y toma tu descanso.

Missolonghi, enero 22, 1824

Diarios. Lord Byron. Traducción, Traducción de Lorenzo Luengo (Alamut)

On this Day I Complete my Thirty-Sixth Year

‘Tis time this heart should be unmoved,

       Since others it hath ceased to move:

Yet though I cannot be beloved,

                                    Still let me love!

   My days are in the yellow leaf;

       The flowers and fruits of Love are gone;

The worm—the canker, and the grief

                                    Are mine alone!

   The fire that on my bosom preys

       Is lone as some Volcanic Isle;

No torch is kindled at its blaze

                                    A funeral pile.

   The hope, the fear, the jealous care,

       The exalted portion of the pain

And power of Love I cannot share,

                                    But wear the chain.

   But ‘tis not thus—and ‘tis not here

       Such thoughts should shake my Soul, nor now,

Where Glory decks the hero’s bier,

                                    Or binds his brow.

   The Sword, the Banner, and the Field,

       Glory and Greece around us see!

The Spartan borne upon his shield

                                    Was not more free.

   Awake (not Greece—she is awake!)

       Awake, my Spirit! Think through whom

Thy life-blood tracks its parent lake

                                    And then strike home!

   Tread those reviving passions down

       Unworthy Manhood—unto thee

Indifferent should the smile or frown

                                    Of beauty be.

   If thou regret’st thy Youth, why live?

       The land of honourable Death

Is here:—up to the Field, and give

                                    Away thy breath!

   Seek out—less often sought than found—

       A Soldier’s Grave, for thee the best;

Then look around, and choose thy Ground,

                                    And take thy rest.

Texto 3.

I speak not, I trace not, I breathe not thy name,

There is grief in the sound, there is guilt in the fame:

But the tear which now burns on my cheek may impart

The deep thougths that dwell in that silence of heart

Too brief for our passion, too long for our peace,

Were those hours -can their joy or their bitterness, cease?

We repent, we abjure, we will break from our chain,-

We will part, we will fly to unite it again!

Oh! Thine be the gladeness, and mine be the guilt!

Forgive me, adored one!; forsake, if thou wilt;

But the heart which is thine shall expire undebased,

And man shall nor break it-whatever thou mayst.

Augusta, hermanastra de Byron

Yo no pronuncio, no escribo, no suspiro tu nombre

hay dolor en este nombre; hay crimen en este amor,

pero la lágrima que abrasa mi rostro hace entrever

los profundos pensamientos que habitan en este silencio del corazón;

demasiado breves para nuestra pasión,

demasiado largas para nuestra paz

fueron aquellas horas ¿Cesará su amargura, su alegría?

Nos arrepentimos, abjuramos de ellas,

romperemos nuestra cadena.

¡Nos separaremos, huiremos, para reunirnos de nuevo!

¡Ah!, que la dicha sea para ti y el crimen sea para mí!

Perdóname, adorada mía; abandóname si quieres,

pero este corazón que es tuyo morirá sin humillarse,

y si te place destrozarlo, los hombres, por lo menos, no lo destrozarán.

Texto 4. No volveremos a vagar

Así es, no volveremos a vagar
tan tarde en la noche,
aunque el corazón siga amando
y la luna conserve el mismo brillo.

Pues, así como la espada gasta su vaina,

y el alma consume el pecho,
asimismo el corazón debe detenerse a respirar,
e incluso el amor debe descansar.

 

Aunque la noche fue hecha para amar,
y los días vuelven demasiado pronto,
aun así no volveremos a vagar
a la luz de la luna.

Texto 5. La doncella de Atenas

1

Doncella de Atenas, antes de separarnos

¡Devuelve, oh, devuélveme el corazón!

oh, pues ha dejado mi pecho,

¡Guárdalo ahora, y toma el resto!

Oye mi promesa antes de partir

Vida mía, te quiero

2

Por esos cabellos sueltos

que cortejan todos los vientos del Egeo;

por esos párpados con pestañas de azabache

que acarician el arrebol de tus mejillas tiernas;

por esos ojos de gacela agreste

Vida mía, te quiero[6].

3

Por esos labios que saborear anhelo;

por ese talle que el ceñidor abraza;

por todas las flores hermosas que dicen

lo que las palabras decir no pueden:

por la alegría y la pena alternas del amor,

Vida mía, te quiero

4

¡Doncella de Atenas! Me he ido ya:

¡Piensa en mí, querida, cuando sola estés!

Aunque a Estambul voy,

mi corazón y mi alma en Atenas quedan:

¿Puedo dejar de amarte? ¡No!

Vida mía, te quiero

Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.

1.
Maid of Athens,[10] ere we part,
Give, oh give me back my heart!
Or, since that has left my breast,
Keep it now, and take the rest!
Hear my vow before I go,
Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.[11]

2.
By those tresses unconfined,
Wooed by each Ægean wind;
By those lids whose jetty fringe
Kiss thy soft cheeks’ blooming tinge;
By those wild eyes like the roe,
Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.


3.
By that lip I long to taste;
By that zone-encircled waist;
By all the token-flowers[12] that tell
What words can never speak so well;
By love’s alternate joy and woe,
Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.


4.
Maid of Athens! I am gone:
Think of me, sweet! when alone.
Though I fly to Istambol,[13]
Athens holds my heart and soul:
Can I cease to love thee? No!
Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.

  • Cartas y diarios

El 15 de julio de 1817, Byron escribió a su editor, John Murray: “Supongo que en mi vida he recibido al menos doscientas cartas anónimas –sí–, trescientas cartas de amor, de literatura, de consejos, ofensas, amenazas o consuelo, sobre todos los temas y en todas las formas”.

Carta  a Teresa Guiccioli 

Venecia, 22 de abril de 1819.

Queridísimo Bien mío- tu queridísima carta que hoy he recibido me ha proporcionado el primer momento de placer desde tu marcha. Al sentimiento que expresa tu carta corresponde el mío en demasía. Me será bien difícil responder en tu bella lengua* a las expresiones dulcísimas que merecen ser respondidas más con hechos que con palabras: pero confío en que tu corazón sabrá sugerir qué y cuánto querría decirte el mío. Quizá si te amase menos no me costaría tanto expresar mis pensamientos, pues ahora he de superar la doble dificultad de expresar un dolor insoportable en una lengua para mí extranjera. Perdona mis desatinos, cuánto más bárbaro sea mi estilo tanto más se parecerá a mi destino lejos de ti. Tú que eres mi único y último Amor, tú que eres mi único deleite, la delicia de mi vida, tú que fuiste mi única Esperanza, tú que fuiste, siquiera por un momento, toda mía, te has ido, y yo me quedo aislado en la desolación. ¡He aquí en pocas palabras nuestra historia! Es un caso común, que habremos de sufrir como tantos otros, pues el Amor no es nunca fácil, pero nosotros habremos de sufrir más porque tus circunstancias y las mías son igualmente fuera de lo ordinario, pero no quiero pensar en esto, amemos,

….. amemos ahora cuando
amando se puede ser correspondido

Cuando el amor no es soberano del corazón, cuando no se le subordina todo, cuando por él no se sacrifica todo, entonces es Amistad, Estima, lo que quieras, pero ya no es amor. Tú me juraste tu constancia, y yo no te juré nada; veremos quién de nosotros será más fiel. Acuérdate, cuando llegue el momento en que ya no me quieras, de que de mí no recibirás reproches; es cierto que sufriré, pero en silencio. Conozco demasiado el corazón del hombre, y quizá también un poco el de la mujer. Sé que el sentimiento no depende de nosotros pero que es la cosa más bella y frágil de nuestra existencia, de modo que cuando sientas por otro lo que has sentido por mí, dímelo sinceramente; no te importunaré, no te veré más, envidiaré la felicidad de mi rival, pero no te causaré molestia alguna. Sin embargo, te hago una promesa: tú me dices a veces que soy tu primer Amor Verdadero, y yo te aseguro que tú serás mi última Pasión. Bien puedo esperar no enamorarme más ahora que para mí todo se ha vuelto indiferente. Antes de conocerte, muchas me interesaron, pero nunca una sola; ahora te amo a ti, y para mí no hay otra mujer sobre la tierra. Hablas de llanto, y de tu infelicidad; mi dolor es interno, yo no derramo lágrimas, has unido a tu brazo una imagen que no merece tanto; pero la tuya está en mi corazón, ha pasado a formar parte de mi vida, de mi alma, y si hubiera una vida después de ésta incluso allí serías mía. sin ti, ¿dónde estaría el paraíso? Antes que el cielo privado de ti preferiría el infierno de aquel gran hombre que está enterrado en tu ciudad, con tal de que fueras para mí como Francesca con su amante. Dulcísimo Bien mío, tiemblo escribiéndote, como temblaba cuando te veía, pero ahora no con aquel suave pálpito. Tengo mil cosas que decirte, y no sé cómo decirlas, ¡mil besos que mandarte y ay de mí!, cuántos suspiros!, Ámame, no como yo te amo, porque esto sería hacerte demasiado infeliz. Ámame, no como yo merezco, porque esto sería demasiado poco, sino como tu corazón te dicte. No dudes de mí. Soy y seré siempre tu más tierno amante.

Byron


PS. ¡Cuánto más feliz que yo será este folio que dentro de pocos días estará en tus manos- y quizá incluso lo lleves a tus labios!  con esta esperanza lo beso antes de que parta. Adiós, mi alma.
23 de abril, las 4: En este momento recibo otras dos cartas: La irregularidad del correo ha sido causa de pesar para los dos pero, te lo ruego, Amor mío, no desconfíes de mí; cuando no recibas noticias mías, cree que estoy muerto antes de pensar que te soy infiel o ingrato. Responderé sin demora a tus queridísimas cartas. Se va el correo. Te beso 1000 veces.


………………………………………………………………….


4 de agosto de 1819.

Bien mío- me culpas injustamente; estando presentes Alessandro y tu papá, y no pudiendo por ello estrecharte contra mi corazón, te besé la mano y me apresuré a marcharme para no dar muestras de un dolor que sobra habría puesto de manifiesto toda, toda la verdad. Te juro que te amo mil veces más cuando te conocí en Venecia. Tú lo sabes, lo sientes- piensa, Amor mío, en aquellos momentos deliciosos, peligrosos- pero felices en todos los sentidos, no sólo por el placer más que extático que me diste, sino por el peligro (al que estabas expuesta) afortunadamente evitado. ¡Aquella sala!, aquellas habitaciones!, las puertas abiertas, la servidumbre tan curiosa y tan próxima. Ferdinando. las visitas!, etc. cuántos obstáculos! pero todos vencidos. ¡Ha sido el verdadero triunfo del Amor, cien veces vencedor!, adiós, mi único bien, mi única esperanza. Adiós, te beso incansablemente con el corazón- y sigo siendo siempre tuyo,

PS: Mándame el billete de la tumba de Dante con tu nombre. Lo vi anteayer sobre tu mesita. Ámame como te amo. En cuanto a la dirección, todo sigue como convinimos en caso de que yo no llegue a Bolonia el día previsto. Qué quiere decir a.a.a. en aquel queridísimo librito tuyo?.

………………………………………………………………….


Bologna, 25 de agosto de 1819


Mi queridísima Teresa,

He leído este libro en tu jardín; mi amor, tú estabas ausente, de lo contrario no lo hubiera leído. Este libro es uno de tus favoritos, y el escritor fue amigo mío. Tú no entenderás estas palabras en inglés, y otros no las entenderán, que es la razón por las que no las garabateé en italiano. Pero tu reconocerás la letra de quien te ama apasionadamente, y lo adivinarás. En un libro que fue tuyo, el sólo puede pensar en amor. En esa palabra, bella en todos los idiomas, pero aún más en el tuyo Amor mío, está incluida mi existencia ahora y de aquí en más. Siento que existo ahora, y que existiré, para el propósito que decidas, mi destino reposa contigo y tú eres una mujer.

A Augusta Leigh

Newstead Abbey, 14 de diciembre de 1808

Mi querida Augusta:

Lo que te dije en mi última carta es cierto, es el trato con el mundo lo que ha endurecido mi corazón. Pero te engañas en lo que respecta a los detalles, entre las decepciones mundanas no debes incluir el descalabro de ningún proyecto matrimonial; soy responsable de incontables absurdos, pero espero que Dios siga ayudándome a escapar de la peor de las lacras sociales: el matrimonio.

No tengo la menor duda de que existen excepciones, y no tengo el menor reparo, faltaría más, en incluir tu matrimonio entre ellas, pero seguro que conoces el dicho ese de que «la excepción confirma la regla». Y en este caso, como en tantos otros, es cierto.

Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad. Ahora mismo no podría soportar ni la compañía de mi mejor amigo si se prolongase más de un mes. Todos los humanos comparten la misma característica deplorable: cada día que pasan a tu lado se vuelven más y más desagradables. Así que he llegado a la siguiente convicción: de no ser por el periódico retorno de mis ambiciones, y la obligación regular de cumplir con mis obligaciones, me entregaría a una vida invariablemente retirada y solitaria.

‘Lord Byron contemplando el Coliseo de Roma’, grabado de James Tibbitts-Arthur Willmore. DE AGOSTINI (GETTY IMAGES)

Me ha visitado toda la nobleza y también la alta burgesía, pero me he impuesto un principio casi moral: ¡no devuelvo visitas! Al frente de la casa he puesto a Joseph Murray, no hay duda de que era un bruto y que lo seguiría siendo de no haber moldeado sus sentimientos y sus emociones hasta ponerlos en sintonía con los míos, aunque en otro grado. Tengo varios caballos y un precioso establo, y pese a la extensión del terreno y la cantidad de animales que vagan por él no logro aficionarme a la caza, me aburren los disparos. Odio los deportes, la época en que me convertí en un boxeador competente ha quedado atrás. Mi biblioteca es bastante extensa, y la sociedad (estoy seguro de que ya lo sabes) me considera un notable escritor. Me siento orgulloso de las pequeñas reparaciones y de las mejoras que he introducido en Newstead. Vivo con independencia, y la independencia me pone muy alegre. ¿Si soy feliz? Si pasas por alto la desgracia de haber nacido en un mundo como este, creo que me siento capaz de responderte que así es.

Te ruego que me creas cuando te digo que estaré encantado de recibir noticias tuyas siempre que lo consideres conveniente.

Sincerísimamente tuyo,

Byron

A JOHN CAM HOBHOUSE

Venecia, 3 de octubre de 1819

QUERIDO HOBHOUSE,

Escribí a Murray la semana pasada, rogándole que te tranquilizara con respecto a mi salud y mi cordura, hasta donde sé, por ahora. En Bolonia estuve de mal humor, a causa tanto de mi salud como de mi ánimo. Aquí, por fin, mi salud es buena.

Mi proyecto sudamericano, del que creo que te hablé (puesto que lo mencionas) era éste. Por los párrafos incluidos[1] me di cuenta de que se harán ofertas ventajosas a los colonos del territorio venezolano. Mis asuntos en Inglaterra están casi finiquitados o en camino de estarlo; en Italia no tengo deudas y podría marcharme cuando quisiese. Los angloamericanos son demasiado burdos para mí y su clima demasiado frío, y preferiría a los otros. Podría pronto lidiar con la lengua española. Ellice[2] u otros podrían darme cartas de recomendación para Bolívar y su gobierno y, si allí se alienta a hombres de pocas posesiones, o de ninguna, seguramente con mis ingresos actuales y –si pudiese vender Rochdale[3]– con algún capital podrían soportarme allí como terrateniente, o al menos como arrendatario, y si es posible y legal, como ciudadano. Ojalá pudieses hablar con Perry, del M[orningC[hronicle] –que es su gacetero– sobre el tema, y pedirle no dieciocho peniques, como Jeremy Diddler[4], sino información sobre el tema. Te aseguro que me he tomado muy en serio esta idea y que la intención me ha rondado la cabeza durante mucho tiempo, como verás por el raído estado del anuncio.

Debería ir allí con mi hija natural, Allegra –que ahora tiene casi tres años y está conmigo–, y sentar la cabeza de una vez por todas.

No estoy cansado de Italia, pero aquí un hombre tiene que ser chichisbeo[5], cantante en duetos y conocedor de la ópera –o nada–. He hecho algunos progresos en estos logros, pero no puedo decir que no sienta la degradación. Mejor ser un plantador inepto, un colono incómodo; mejor ser cazador o cualquier cosa que adulador de violinistas y portador de los abanicos de una mujer. Me gustan las mujeres –bien lo sabe Dios– pero cuanto más se manifiesta su sistema aquí, ante mí, peor me parece, después de Turquía también; aquí la poligamia está totalmente del lado femenino. He sido intrigante, marido, proxeneta y ahora soy Cavalier Servente, ¡por Dios bendito! Es una extraña sensación. Tras haber pertenecido, por mi cuenta y por cuenta de otros países, a las partes intrigantes, casadas y vigilantes de la ciudad –sin lugar a dudas, un acuerdo honesto es lo mejor, y también lo he tenido y lo tengo–, aquéllos esperan que sea de por vida, por tanto, me imagino que excluyen la longevidad. Pero seamos serios, si es posible.

No debes hablarme de Inglaterra, eso está fuera de discusión. Allí tenía casa y tierras, mujer e hija, y nombre –antaño–, pero todas estas cosas se han transmutado o han sido confiscadas. De los últimos, y mejores, diez años de mi vida, casi seis los he pasado fuera. No siento amor por mi tierra después del trato que recibí antes de dejarla por última vez, pero no la odio lo suficiente como para desear tomar parte en sus calamidades, puesto que en ambos bandos se debe causar daño antes de que el bien pueda acumularse; las revoluciones no se van a hacer con agua de rosas. Mi gusto por las revoluciones ha amainado, junto con mis otras pasiones.

Sin embargo, quiero un país, y un hogar y –si es posible– que sea libre. No tengo todavía treinta y dos años. Todavía podría ser un ciudadano decente y encontrar una casa y una familia tan buena como –o mejor que– la anterior. Podría en todo caso mantenerme ocupado de manera racional, mis esperanzas no son altas ni mi ambición vasta, y cuando decenas de miles de mis compatriotas se dedican a colonizar (como los griegos de la antigüedad en Sicilia e Italia) por tantas causas, ¿parece mi idea visionaria o irracional? No hay libertad en Europa –eso es seguro–; es además una porción raída del globo terráqueo. De lo que me alegraría es de tener información sobre el incentivo, los medios requeridos y lo que se consiente; y sobre cuál sería mi posible recibimiento. Perry, Ellice o muchos mercaderes podrían darte información al respecto para mí. No iré allí de viaje, sino a fijar mi residencia. No te rías de mí; lo harás, pero te aseguro que hablo muy en serio si la cosa fuese realista. No quiero tener nada que ver con proyectos bélicos, sino que quiero ir allí como colono y si es como ciudadano mejor que mejor; mi propio gobierno no me denegaría, creo yo, el permiso, si saben lo que les conviene; los tipos como yo no son un desiderátum para Sidmouth[6] por ahora, creo. Escríbeme a Venecia. Debería por supuesto desplazarme a Liverpool o a alguna ciudad de tu costa para conseguir el pasaje y recibir mis credenciales. Créeme,

                                                                                                                Siempre tuyo,

                                                                                                                                          BYRON.


[1] Recortes de periódico (nota del editor).

[2] Se refiere a Edward Ellice (1783-1863), un comerciante y político británico (nota del traductor).

[3] Uno de los títulos nobiliarios de Byron era el de barón de Rochdale (nota del traductor).

[4] En Raising the Wind, de Kenney (hasta aquí, la nota del editor). Jeremy Diddler es un personaje de Al alzarse el viento, una farsa en dos actos del dramaturgo británico James Kenney (1780-1849), de 1803, que tuvo mucho éxito. Se llama así a cualquier persona que constantemente pide dinero prestado con trucos. VidThe Free Dictionary (nota del traductor).

[5] Byron se refiere al acompañante o amante de una mujer casada, con frecuencia con el consentimiento del marido. Se dice que Byron fue chichisbeo de la Contessa Teresa Gamba Guiccioli. También llamado «Cavalier Servente». Sobre la incierta etimología de la palabra, vid Oxford English Dictionary (nota del traductor).

[6] Henry Addington, vizconde de Sidmouth, era Ministro del Interior (nota del editor).

Diarios

Diario de Londres

(14 de noviembre, 1813–19 de abril, 1814)

14 de noviembre

¡Si esto lo hubiera empezado hace diez años, y lo hubiera  seguido fielmente! ¡En fin! Demasiadas cosas hay ya que desearía no tener que recordar. Bien, he tenido lo mío de lo que se conoce como los placeres de esta vida, y he visto más del mundo europeo y asiático que buen uso he hecho de ello. Se dice que «la virtud no necesita recompensa»; la verdad es que debería estar bien pagada, por las molestias. A los veinticinco, cuando lo mejor de la vida ha quedado atrás,  uno debiera ser algo. Y ¿qué soy yo? Nada sino estos veinticinco… y unos cuantos meses. ¿Qué he visto? Al mismo hombre por todo el mundo; ¡ay, y a la misma mujer! Prefiero a un musulmán, pues nunca hace preguntas, y a una mujer de la misma raza, que le ahorra a uno el esfuerzo de hacerlas. Pero de no ser por esa plaga (la fiebre amarilla) y el retraso con Newstead, a estas alturas ya tendría que estar por segunda vez cerca del Euxino. Si logro superar lo segundo, no es que vaya a importarme mucho pestilencia alguna; pero sea como sea la primavera habrá de verme allí… siempre y cuando no me case –‍ni descase a nadie‍– en el intervalo. Si deseara ser algo… ni yo sé lo que deseo. Resulta curioso que nunca me haya tomado en serio desear algo sin alcanzarlo, y arrepentirme por ello. Empiezo a creer, como los viejos magi, que uno sólo debe rezar por la nación y no por el individuo. Pero, según mis principios, esto no sería muy patriótico.

Basta de reflexiones. Veamos: anoche terminé Zuleika, mi segundo cuento turco. Estoy seguro de que componerlo es lo que me ha permitido seguir vivo, pues fue escrito para alejar mis pensamientos del recuerdo de

Nombre querido, sagrado, jamás seas revelado.

Al menos, incluso aquí mi mano temblaría al escribirlo. Esta tarde he quemado las escenas de una comedia que acababa de empezar. Se me ha pasado por la cabeza expectorar una novela, o mejor un cuento en prosa. Pero qué novela podría igualar a la realidad:

quaeque ipse… vidi,

et quorum pars magna fui.

Hoy ha venido a visitarme Henry Byron con mi primita Eliza. Esta niña va a convertirse en una belleza y un tormento; pero, entre tanto, ¡es una chiquilla de lo más bonita! Ojos oscuros y pestañas negras y largas como el ala de un cuervo. Creo que es incluso más bonita que mi sobrina Georgina, por más que me cueste admitirlo; y, aunque sea mayor, no es tan lista.

Dallas vino a casa antes de que me levantase, de modo que no nos vimos. También Lewis, que parece asqueado de todo. ¿Qué motivo tendrá? Si no está casado. ¿Habrá perdido a su amante, o a la esposa de otro? También vino Hodgson. Va a casarse, y es la clase de hombre que será más feliz así. Tiene talento, jovialidad, todo cuanto puede hacer de él una compañía agradable; y su futura es joven, bonita, etcétera. Pero no sé de nadie al que haya mejorado el matrimonio. Todos los emparejados de mi tiempo son calvos e infelices. Wordsworth y Southey se han quedado sin pelo y sin humor, y mira que Southey tenía en cantidad. Pero lo de menos es qué se desprende de las sienes de un hombre en tal estado.

Nota recordatorio: mañana he de comprar un juguete para Eliza y enviar el emblema para que nos hagan los  sellos a mí y a Augusta. Nota recordatorio: visitar mañana, también, a la Staël y a lady Holland, y a Dallas, que me ha aconsejado (sin verlo, por cierto) no publicar Zuleika; creo que está en lo cierto, pero la experiencia tendría que haberle enseñado que no imprimir es físicamente imposible. Nadie lo ha visto salvo Hodgson y Mr. Gifford. Nunca  en la vida leo una composición, excepto a Hodgson, pues él me paga con la misma moneda. Resulta horrible hacerlo con demasiada frecuencia. Mejor imprimir, y quienes así gusten leerán, y, si no les gusta, al menos a uno le queda la satisfacción de saber que han adquirido el derecho de decirlo.

He decidido no presentar la petición del deudor, harto como estoy de farsas parlamentarias. Tres veces he hablado desde la tribuna, pero dudo que me vaya a convertir en orador. Mi primera vez gustó; la segunda y la tercera… no sé decir si sirvieron de algo. De momento no me he entregado a ello con amore: uno debe reservarse algún pretexto que excuse su vagancia, su incapacidad o ambas cosas, y este es el mío. «La compañía, la mala compañía, ha sido mi ruina»: y, además, «he bebido pócimas», no para hacerme amar a otros, pero sí desde luego suficientes para odiarme a mí mismo.

Hace dos noches vi cenar a los tigres del Exeter ’Change. Salvo el león del bajá Veli en la Morea, que seguía al cuidador árabe igual que un perro, nada me ha divertido tanto como el cariño que la hiena profesaba a su  cuidador. ¡Menuda tertulia! Había un hipopótamo clavadito a lord Liverpool, y el oso perezoso tenía la misma voz y los modales de mi criado. Pero el tigre hablaba demasiado. El elefante tomó mi dinero y me lo devolvió, me quitó el sombrero, abrió una puerta, hizo restallar un látigo con la trompa y se condujo tan bien que deseé fuese mi mayordomo. El más hermoso de los animales terrestres se encuentra entre las panteras; pero los pobres antílopes estaban muertos. Aborrecería ver uno aquí: la visión del camello me hizo suspirar otra vez por Asia Menor. «Oh quando te aspiciam?».

16 de noviembre

Anoche fui con Lewis a ver el estreno de Antonio y Cleopatra. Admirable puesta en escena y muy buena interpretación: una ensalada de Shakespeare y Dryden. A  Cleopatra la veo como el epítome de su sexo: cariñosa, alegre, triste, tierna, socarrona, humilde, altiva, hermosa, ¡el  diablo! Coqueta hasta el final, lo mismo con el áspid que con Antonio. Tras hacer todo lo posible para persuadirle a  ello, ¿por qué, sin embargo, todos le injurian a él por cortar- le la cabeza a ese cobarde de Cicerón? ¿No le dijo Tulio a Bruto que había sido una lástima perdonarle la vida a Antonio? Y ¿acaso no pronunció las Filípicas? ¿Y no son las «palabras cosas»? ¿Y tales «palabras», «cosas» verdaderamente pestilentes, además? De haber tenido cien cabezas, habrían merecido (por parte de Antonio) un estrado (allí clavaron la suya) por barba, aunque, al fin y al cabo, también Antonio podría haberlo perdonado, por el crédito del  asunto. Pero, resumiendo, Cleopatra, tras tenerlo ganado, dice: «No obstante, alejaos», «es por vuestro bien», etc. ¡Qué propio de su sexo! Y las preguntas acerca de Octavia, típicas de mujer.

Hoy recibí invitación de lord Jersey para visitar Middleton: ¡viajar sesenta millas para ver a Madame de Staël! Una vez hice tres mil para rodearme de gente silenciosa; y la susodicha señora escribe octavos y habla folios. He  leído sus libros: la mayoría me gustan y el último me encanta. Así que no lo escucharé, además de leerlo.

Leo hoy a Burns. ¿Adónde habría llegado de ser un patricio? Nos habría deparado la misma cantidad de versos, si bien más pulcros –‍menos vigorosos‍–‍, aunque carentes de  inmortalidad. Un divorcio y un duelo o dos, de haber sobrevivido a los cuales (y de haber sido sus libaciones menos  alcohólicas) podría haber vivido tanto como Sheridan y  malvivido tanto como el pobre Brinsley. ¡Qué ruina de hombre, este! Y todo por su mal pilotaje; pues nadie ha tenido  jamás mejores vientos, aunque alguna vez hayan sido un tanto borrascosos. ¡Pobre y querido Sherry! Nunca olvidaré el día que él y Rogers y Moore y yo pasamos juntos; cuando él habló, y nosotros escuchamos, sin un bostezo, desde las seis hasta la una de la madrugada.

Ya tengo mis sellos […] Otra vez me he olvidado del juguete para ma petite cousine Eliza; pero mañana haré que traigan uno. Espero que Harry venga con ella. Remití a lord Holland las pruebas del último Giaour y La novia de Abydos. Este último no le va a gustar, y creo que en breve tampoco me gustará a mí. Lo escribí en cuatro noches para distraer mis sueños de Augusta. De no haber sido por eso ni lo habría escrito, y de no haber hecho algo entonces me habría vuelto loco de devorar mi propio corazón: horrible dieta. A Hodgson le gusta más que El Giaour, pero esto no le  ocurrirá a nadie más, y a él nunca le agradó el fragmento. Estoy seguro de que jamás habría sido publicado de no ser por Murray, pues las circunstancias que le sirvieron de inspiración lo hacen […] ¡En fin!

Esta noche he visto a las dos hermanas de lady Frances Webster. ¡Dios! ¡La pequeña se le parece tanto! Pensé en largarme a la otra punta de la sala, y no puedo sino alegrarme de que no hubiera nadie conmigo en el palco de lady Holland. Aborrezco esos parecidos –‍el pajarraco, pero no el ruiseñor‍– tan cercanos que evocan, tan lejanos que duelen. Nos irritan por igual los rasgos que asemejan como los que diferencian.

17 de noviembre

Sin carta de ***; pero no debo quejarme. El respetable Job dice: «¿Por qué el mortal se queja?». La verdad es que no lo sé, a menos que sea porque el muerto ya no puede; y él –‍el mencionado patriarca‍– se quejó, dicho sea de paso, hasta hartar a sus amigos y hacer que su mujer le aconsejara aquel piadoso prólogo: «Maldice… y muere»; el único momento, supongo, en que uno puede encontrar poco alivio en maldecir. He recibido una carta muy amable de lord Holland a propósito de La novia de Abydos, que le gusta, y lo mismo a lady Holland. Es muy bondadoso por parte de ambos, pues no merezco de ellos ni un ápice de bondad. Sin embargo, por aquel entonces estaba seguro de que la animadversión que se me tenía se originaba en la casa Holland, y me alegra haberme equivocado, y quisiera no haber tenido tanta prisa con aquella condenada sátira, de la cual borraría hasta el recuerdo. Pero la gente, sobre todo ahora que no puede hacerse con ella, arma un escándalo, lo creo firmemente, sólo por discrepar.

George Ellis y Murray han estado hablando de Scott y de mí; George, con toda razón, a favor de Scoto. Si lo que  pretenden es derrocarlo, confío al menos en que no me erijan en su contrincante. Aunque me dieran la oportunidad de elegir, preferiría ser el conde de Warwick antes que cualquiera de los reyes que este hizo. Jeffrey y Gifford son como hacedores de regentes en prosa y poesía. El British Critic, en su reseña del Rokeby, plantea una semejanza en la cual, a buen seguro, no han pensado mis amigos, y que los súbditos de W. Scott tienen la imprudencia de rebajarse a hacer. Me agrada el hombre y admiro sus obras hasta lo que Mr. Braham llama entusymusy. Este asunto sólo valdrá para irritarle y a mí no me aporta nada. Muchos odian sus ideas políticas (yo odio toda idea política); y aquí las ideas políticas de un hombre son como el alma de los griegos, un ειδωλον, independientemente de Dios sabe qué otra alma. Pero, por regla general, a ambas se las valora por igual.

Harry no ha venido con ma petite cousine. Quiero llevarla al teatro; no ha ido más que una vez. Otra notita desde Jersey, por la cual se nos invita a Rogers y a mí el 23. Esta noche debo ver a mi abogado. Me pregunto cuándo acabará el embrollo este de Newstead. Me costó lo que no está escrito separarme de ella, ¡y haberme deshecho de ella! ¿Qué le importa a ella lo que yo haga o lo que sea de mí? Pero dejad que recuerde el dicho de Job y me consuele por «ser mortal».

Me gustaría recuperar el hábito de la lectura. Mi vida es de lo más rutinaria y aun así irregular. Libro que cojo, libro del que enseguida me deshago. Empecé una comedia y la arrojé al fuego porque el escenario se parecía demasiado a la realidad; una novela, por la misma razón. En rima se me da mejor guardar las distancias respecto a los hechos; pero el pensamiento siempre ahonda, ahonda… sí, sí, ahonda. He recibido una carta de lady Melbourne: el mejor amigo que he tenido en la vida, y la más inteligente de las mujeres.

Ni una palabra de lady Frances Webster. ¿Se habrán marchado ya de **? ¿O es que mi preciosa última epístola ha caído en las fauces del león? Si es así (y este silencio se antoja de lo más sospechoso) tendré que encasquetarme «mi mohoso morrión» y «blandir el hierro». He perdido práctica, pero no voy a empezar ahora a visitar otra vez el  Manton’s. Aparte, tampoco devolvería el tiro. Tiempo atrás fui un tirador de primera, pero en aquella época los matones de la sociedad lo hacían necesario. Tan pronto empecé a darme cuenta de que no defendía una buena causa, abandoné el ejercicio.

¡Qué noticias extrañas llegan del Anaq de la anarquía, Bonaparte! Desde que en Harrow defendí el busto que de él tenía de los sinvergüenzas y los oportunistas, tras estallar la guerra de 1803 Bonaparte ha sido para mí un héros de roman… en el continente; no lo quiero aquí. Lo que no me gusta es esa especie de huida, ese abandonar ejércitos, etc. etc. Seguro que cuando en el colegio luché en defensa de su busto no pensaba que fuera a renegar de sí mismo. Pero no me extrañaría nada que a estas alturas hubiera devuelto el golpe. Ser derrotado por hombres significaría algo; pero por tres estúpidos, tres bobos legitimados por una vieja dinastía de soberanos nacidos en cuna plebeya… ¡Ay del príncipe! ¡Ay del príncipe! Tiene que ser cosa, como dice Cobbet, de su unión con esa camada autrichienne de labios gruesos y cabezas grandes. Hubiera hecho mejor en mantener a su lado a la mantenida de Barras. Que yo sepa, nada bueno ha traído vuestra joven esposa –‍y adhesiones legales‍– salvo para vuestro «flemático muchacho» que «come pescado» y «no toca el vino». ¿No era suya toda la ópera? ¿Todo París? ¿Toda Francia? Pero una querida resulta igualmente desconcertante. Me refiero a una; dos o más de dos son manejables por repartición.

He comenzado, o había comenzado, una canción, y la he arrojado al fuego. Era en recuerdo de Mary Duff, la primera de mis llamas, antes de que la mayoría de la gente comience a arder. Me pregunto qué diablos pasa conmigo… No puedo hacer nada y… por suerte no hay nada que hacer. Últimamente me ha sido dado llevar a dos personas (y sus parientes) el bienestar, pro tempore, y hacer a una feliz, ex tempore; me felicito en particular por esta última, ya que se trata de un hombre excelente. Ojalá hubiera más inconvenientes y menos gratificación para mi amor propio en ello, pues así tendría más mérito. Todos somos egoístas, y yo creo –‍¡oh dioses de Epicuro!‍–‍, yo creo en Rochefoucauld acerca de los hombres, y en Lucrecio (no en la traducción de Busby) en lo que a vosotros respecta. Vuestro bardo os ha hecho muy despreocupados y dichosos; pero, dado que nos ha exonerado de toda condena, no envidio vuestra dicha demasiado; un poco, sin duda sí. Recuerdo que el año pasado, en Eywood, lady Oxford me dijo: «¿No hemos pasado nuestro último mes como los dioses de Lucrecio?». Y así fue. Conoce como nadie la versión original (que a mí también me gusta), y, cuando ese bobo de Busby le remitió un folleto publicitario sobre su traducción, se suscribió. Pero, urgido por el diablo a añadir un extracto, lady Oxford le transmitió de seguido una respuesta, diciendo que, «tras leerlo con atención, su conciencia no le permitiría que su nombre permaneciese en la lista de suscriptores».

Anoche, en casa de lord Holland: Mackintosh, los Ossulston, Puységur, etc. Traté de recordar una cita (creo yo) de la Staël, tomada de algún sofista teutón acerca de la arquitectura. «La arquitectura –afirma este macarrónico tudesco– me hace pensar en música congelada». Está en alguna parte, pero ¿dónde? El demonio de la confusión sabrá, aunque no lo dirá. Pregunté a Mackintosh y este aseguró que no se hallaba en la Staël; pero Puységur adujo que debía de ser suya: era tan propia de ella… H. rió, como se ríe de De l’Allemagne al completo, en lo cual, sin embargo, me parece que se pasa un poco. He oído que B. también lo desprecia. Pero tiene pasajes muy buenos y, después de todo, ¿qué es una obra –‍cualquier obra‍– sino un desierto con fuentes y, quizá, una arboleda o dos en el trayecto de cada jornada? Sin duda, lo que en Madame a menudo confundimos, «resollando por ello», con la «fría corriente», se revela como un «espejismo» (criticé verbosidad); pero llegamos, por fin, a algo parecido al templo de Júpiter Amón, y entonces el yermo que acabamos de cruzar sólo se recuerda para regocijarnos con el contraste.

Visita de C** para explicar […] Es muy hermosa, al menos para mi gusto; pues desde que regresé del extranjero no recuerdo haber sido capaz de mirar a otra mujer salvo ella: eran todas tan pálidas, tan insignificantes, tan rubias… Su tez oscura y la perfección de sus facciones me  recordaban a mi «Jannat al Aden». Pero esa impresión desapareció, y ahora puedo mirar a cualquier pálida mujer sin suspirar por una hurí. Estaba de muy buen humor, y todo quedó explicado.

Gran noticia la de hoy: «Los holandeses han tomado Holanda»; lo cual, supongo, se verá seguido por la mismísima explosión del Támesis. Cinco provincias se han declarado a favor del joven Stadt, así que habrá inundación, conflagración, violación, consternación y toda clase de nación y naciones luchando a brazo partido, hundidas hasta las rodillas, en las deplorables ciénagas de este ilusorio nido de patanes. Se dice que Bernadotte también se cuenta entre ellos; y, dado que Orange no tardará en llegar allí, tendrán al (Coronado) Príncipe Cigüeña y al Rey Madero en su Leñera al mismo tiempo. ¡Dos contra uno por la nueva dinastía!

Mr. Murray me ha ofrecido mil guineas por El Giaour La novia de Abydos. No voy a aceptar: es demasiado, aunque me siento poderosamente tentado, sobre todo por el qué dirán. No es mal precio para una quincena (a semana cada uno) de… ¿qué? Los dioses sabrán: fue hecho con la intención de que se le llamase poesía.

Hoy he cenado con normalidad, por primera vez desde el domingo pasado, siendo también sabbat. Los demás días, té y bizcochos: seis per diem. ¡Dios, ahora me arrepiento de haber cenado! Me da una pesadez mortal, somnolencia y sueños horribles; y encima no era más que pescado y una pinta de vino de Bucelas. La carne ni la toco, ni tomo demasiados vegetales. Preferiría estar en el campo para hacer ejercicio, y no que a falta de ello me vea obligado a conservarme mediante la abstinencia. No debería importarme tanto entrar un poco en carnes: mis huesos bien pueden sostenerlas. Pero lo peor es que el diablo no dejaría de rondarme, hasta que le quitase el hambre, y no seré el esclavo de ningún apetito. Si me equivoco, será mi corazón, al menos, quien guíe mi camino. Oh, mi cabeza, ¡qué dolor! ¡Los horrores de la digestión! Me pregunto cómo tratarán a Bonaparte sus cenas.

Nota recordatorio: mañana he de escribir al «Juez Shallow, que me debe mil libras», y parece, a juzgar por su carta, temer que se las pida. ¡Como si fuera a hacerlo! En primer lugar, no las necesito (ahora mismo, al menos); y aunque a menudo he precisado esa suma, jamás en mi vida he reclamado la devolución ni de diez libras a un amigo. Su pagaré no expirará este año, y le dije que cuando lo hiciera tampoco le obligaría a pagar. ¿Cuántas veces quiere que se lo repita?

Me equivoco: una vez pedí a Hobhouse que me devolviera cierta suma. Pero era en circunstancias que me exculpaban ante él como lo hubieran hecho ante cualquiera. No reclamé intereses ni exigí garantías. Me pagó muy pronto, o al menos su padre lo hizo. ¡Mi cabeza! Creo que me la dieron sólo para que me doliese. Buenas noches.

22 de noviembre

«¡Orange Boven!». Así pues, las abejas han alejado al oso que destrozó la colmena. Bueno… si es para tener nuevos De Witts y De Ruyters, ¡que Dios ampare a la pequeña república! Quisiera ver La Haya y el pueblo de Brock, donde ostentan tales hábitos primitivos. Aunque no sé: sus canales presentarían una estampa muy pobre frente al recuerdo del Bósforo; y el Zuiderzee parecerá un guiñapo comparado al Ak-Denizy. Qué más da: merecería la pena sólo por ver al populacho burgués soltando penachos de libertad por sus pequeñas pipas; aunque yo prefiero un cigarro, o el narguile, con el pétalo de rosa mezclado con la hierba más suave del Levante. Ignoro qué es la libertad, pues nunca la he visto, pero la riqueza equivale a poder en cualquier parte del mundo; y mientras el chelín haga las veces de la libra (y encima tengas sol y cielo y belleza a cambio de nada) en el Este, he aquí el país por excelencia. ¡Qué envidia me da Herodes Ático! Más que Pomponio. Y, con todo, un poco de tumulto de vez en cuando resulta un agradable avivador de sensaciones, ya sea una revolución, una batalla o una aventure de alegre tenor. Creo que habría preferido ser Bonneval, Ripperda, Alberoni, Jeireddín u Horuc Barbarroja, o incluso Wortley Montagu, antes que el mismísimo Mahoma.

¿Llegará pronto Rogers a la ciudad? El 23 es la fecha fijada para nuestra visita a Middleton. ¿Iré? Uf… En esta isla, donde uno no puede cabalgar un poco sin toparse con el mar, lo mismo da a dónde vas.

Recuerdo el efecto que obró en mí el primer Edinburgh Review. Supe de él con seis semanas de antelación; lo leí el día en que emitió su condena, cené y bebí tres botellas de vino blanco (con S.B. Davies, me parece), no comí ni dormí lo más mínimo, pero, en cualquier caso, tampoco fue fácil hacerlo hasta haber descargado mi cólera y mis rimas, en las mismas páginas, contra todo y contra todos. Como a George, en El vicario de Wakefield, «el destino de mis paradojas» me permitió comprobar que no hay ningún mérito en los otros. Sólo tuve que recordar la máxima de mi profesor de boxeo, que en mi juventud encontré útil para toda clase de jaleos: «Quien no está contigo está contra ti, ¡golpea a izquierda y derecha!», y eso hice. Al igual que Ismael, mi mano estaba contra todos los hombres, y las de todos los hombres me señalaban. Me asombré, por supuesto, de mi propio éxito: «Y maravilla que tanto ingenio sea suyo», como Hobhouse afirma con sarcasmo de alguien (no es improbable que sea yo, pues somos viejos amigos). Pero, si todo volviera a ocurrir, no actuaría igual. Alguna vez he vuelto a leer lo que motivó mis pareados y no es para tanto. C. me confesó la opinión generalizada de que había aludido al desorden nervioso del pobre lord Carlisle en uno de mis versos. Doy gracias al cielo de no haber sabido de ello; aunque ni lo habría hecho, ni habría sido capaz, de haberlo sabido. Debo ser por naturaleza la última persona que podría señalar los defectos o las enfermedades de nadie.

Rogers es callado y, según dicen, adusto. Sabe hablar cuando se decide a hacerlo; y, en cuestiones de gusto, su delicadeza de expresión es pura como su poesía. Cuando entras en su casa (su salón, su biblioteca) te dices a ti mismo: este no es el hogar de una mente común. No hay una joya, una moneda, un libro abandonado en el testero, en el sofá o en la mesa, que no manifieste la casi maniática elegancia de su propietario. Pero esa misma exquisitez habrá de ser el drama de su existencia. ¡La de contrariedades con que su sensibilidad se habrá topado en la vida!

A Southey no lo he tratado tanto. Su aspecto es épico, y es el único hombre enteramente de letras que existe. Los demás tienen algún otro propósito vinculado a la escritura. Sus modales son suaves, si bien no los de un hombre de mundo, y sus talentos de primer orden. Su prosa es perfecta. Sobre su poesía existen opiniones de lo más diversas: quizá haya en ella demasiado para la generación actual; la posteridad probablemente escogerá. Tiene pasajes que son de lo mejor. De momento posee partidarios, pero no un público, excepto en sus obras en prosa. La vida de Nelson es bellísima.

Sotheby es un littérateur, el Oráculo de la Camarilla Literaria de las hermanas Berry: Lydia White (la «Virgen Tory» de Sidney Smith), Mrs. Wilmot (esta, al cabo, es un cisne y podría frecuentar corrientes más puras), lady  Beaumont y todos los blues, con lady Charlemont a la cabeza. Pero de ella no digo nada: «Mira su rostro y los olvidarás a todos», junto con todo lo demás. ¡Oh, ese rostro! Juro por «te, Diva potens Cypri» que, si esa mujer me amase, construiría e incendiaría otra Troya.

Hay un rasgo de rareza en el talento, o más bien talentos, de Moore: poesía, música, voz, todo lo hace suyo; y un estilo en cada uno de ellos que nunca fue ni será detentado por otros. Pero donde es capaz de volar más alto es en la poesía.  Por cierto, ¡cuánto humor, cuánto… de todo hay en el Post- Bag! Si se lo propone en serio, no hay nada que Moore no pueda hacer. En sociedad es todo un caballero, gentil y tan encantador en general como ningún otro individuo que haya conocido. De su honor, principios e independencia, su conducta hacia *** habla «con voz de trompeta». Sólo tiene un defecto, y este me reconcome a diario: no está aquí.

23 de noviembre

Ward… Me gusta Ward. ¡Por Mahoma! ¡Empiezo a pensar que me gusta todo el mundo! Una inclinación que no conviene alentar, una suerte de glotonería social que engulle todo lo que le ponen delante. Pero me gusta Ward. Es piquant y, en mi opinión, llegará muy alto en la cámara, y en todas partes, si le pone constancia. Dicho sea de paso, mañana ceno con él, lo que puede haber influido en mi opinión. Por idéntico motivo es mejor no confiar en la gratitud de nadie después de una cena. He tenido que oír cómo más de un anfitrión era denostado por sus invitados cuando el aroma de su borgoña todavía brotaba de los maledicentes labios.

He adquirido el palco de lord Salisbury en el Covent Garden para la temporada; y ahora debo prepararme para ir a reunirme con lady Holland y compañía en el suyo del Drury Lane, questa sera.

Holland no cree que el hombre sea Junius; pero sí que el diario, aún inédito, arroja mucha luz sobre las tinieblas de esa parte del reinado de Jorge II. ¿En qué concierne eso al de Jorge III? No sé qué pensar. ¿Por qué dar por muerto a Junius? Si lo hubiera fulminado una apoplejía, ¿podría descansar en su tumba sin enviar a su ειδωλον a gritar en los oídos de la posteridad: «Junius fue el ilustre caballero X. Y. Z. y está enterrado en la parroquia de… Reparad su  monumento, ¡oh sepultureros! Imprimid una nueva edición de sus cartas, ¡oh libreros!»? Imposible: el tipo ha de estar vivo y no va a morir sin desenmascararse. Me gusta: fue un buen odiador.

Vine a casa con algún malestar y me metí en la cama; sin demasiado sueño, como sería deseable.

Martes por la mañana

¡Me ha despertado un sueño! Bueno, ¿es que no he soñado antes? Pero ¡qué sueño! Aunque ella no ha podido conmigo. Me gustaría que los muertos descansasen, eso sí. ¡Ugh! Cómo se me ha helado la sangre, y no podía despertar… y… y… ¡en fin!

Las sombras de esta noche

han aterrorizado el alma de Ricardo

más de lo que podrían hacerlo diez mil ***s en carne y hueso

armados hasta los dientes, dirigidos por ese idiota ***.

No me gusta este sueño, aborrezco su «final cantado». Y ¿he de verme turbado por las sombras? Ay, cuando nos traen recuerdos de […] no importa; pero, si vuelvo a soñar así, comprobaré si todo sueño contiene visiones similares.  Además, desde que me levanté, el cuerpo me ha estado doliendo considerablemente; pero ya pasó, y ahora, como lord Ogleby, tengo cuerda para el resto del día.

Una nota de Mountnorris: ceno con Ward. Estarán Canning, Frere y Sharp, quizá Gifford. Voy a ser uno de «los cinco» (o más bien seis), como lady *** dijo ayer con cierta socarronería. Siempre es agradable verlos, en especial a Canning y a Ward… cuando quiere. Ojalá me encuentre lo bastante bien para escuchar a todos estos intelectuales.

No he recibido ninguna carta en el día de hoy. Tanto mejor: así no hay respuestas. Tengo que dejar de soñar, amarga incluso la realidad. Saldré de casa, a ver qué puede hacer la niebla por mí. Jackson pasó por aquí: en general, el mundo del boxeo sigue como siempre, pero el Club prospera. Mañana ceno con Cribb. Me gusta la energía, incluso la energía animal, de todo tipo; y yo necesito tanto de la mental como de la corporal. Últimamente no he salido a cenar ni, de hecho, he cenado siquiera; no he escuchado música, no he visto a nadie. Ahora, a zambullirse: vida alta y vida baja. «Amant alterna Camoenae!».

He quemado mi roman –‍como ya hice con las primeras escenas y el guión de mi comedia‍– y, por lo que veo, el placer de quemar no es menos grande que el de imprimir. Ninguna de las dos habría funcionado. Me introduje en realidades más que nunca, y unas habrían sido reconocidas y otras adivinadas.

Leí el Ruminator, una antología de ensayos de un viejo extraño pero hábil (sir Egerton Brydges), y a un joven medio loco, autor de un poema sobre las Highlands titulado Childe Alarique. La palabra «sensibilidad» (siempre mi aversión) se repite como mil veces en dichos ensayos; y, por lo que parece, va camino de servir como excusa para todo tipo de descontento. Este joven nada puede saber de la vida; y, si persiste en ser la clase de persona que dejan ver sus escritos, llegará a ser un inútil, y tal vez ni siquiera poeta después de todo, algo que parece resuelto a ser. ¡Que Dios le ayude! Nadie que pueda llegar a ser algo mejor debería ser poeta. Y esto es lo que le irrita a uno: ver a Scott y Moore, a Campbell y Rogers, que podrían haber sido personas influyentes y líderes, como meros espectadores. Pues, aunque en principio posean otras aspiraciones, estas han quedado relegadas a un interés secundario. También ***, que malgasta su tiempo entre viudas potentadas y muchachas solteras. Si la cosa se concretara en algún affaire serio, ya le serviría de pretexto; pero con las solteras esa es una especulación arriesgada, y bastante fatigosa, además; y con las veteranas no merece la pena ni intentarlo, a no ser, tal vez, una entre mil.

Si tuviera algún proyecto en este país, probablemente sería en el parlamento. Pero no tengo ambición: y, de tenerla, sería «aut Caesar aut nihil». Mis esperanzas se limitan a dejar zanjados mis asuntos y establecerme en Italia o en Oriente (mejor esto último) y embeberme profundamente de los idiomas y literaturas de ambos. Algunas cosas del pasado me han dejado insensible, y lo único que ahora puedo hacer es convertir la vida en diversión y observar mientras otros actúan. Después de todo, ¿qué significa incluso ese teatro supremo de coronas y cetros? Vide los últimos doce meses de Napoleón. Ha puesto patas arriba mi concepto de fatalismo. Pensaba que si era vencido sólo caería cuando «fractus illabatur orbis», y no que le vería perderse poco a poco en la insignificancia; que todo esto no era un mero jeu de los dioses, sino un preludio de cambios más drásticos y sucesos más imponentes. Pero el hombre nunca da un paso más allá de cierto punto, y así nos va: retrocedemos hacia ese orden anticuado, embotado y estúpido, el equilibrio de Europa, poniendo palitos sobre las narices de los reyes en lugar de retorcérselas. Prefiero una república o la tiranía de un hombre antes que un gobierno híbrido de uno, dos, tres. ¡Una república! Examinemos la historia de la Tierra: Roma, Grecia, Venecia, Francia, Holanda, América, nuestra breve (eheu!) Commonwealth, y comparemos lo que hicieron cuando estaban gobernadas por tiranos. Los asiáticos no nacieron para ser republicanos, pero se sienten libres de acabar con los déspotas, que es lo más cercano a ello. Ser el primer hombre: no el dictador, ni el Sila, sino el Washington o el Arístides, el líder en talento y verdad, ¡es ser casi un Dios! Franklin, Penn, y al lado de estos o Bruto o Casio, incluso Mirabeau o Saint Just. Nunca seré algo, o más bien siempre seré nada. A lo máximo que puedo aspirar es a que alguien diga de mí: «Quizá podría, si él quisiera».

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Título: DiariosAutor: Lord Byron. Traductor: Lorenzo Luengo. Editorial: Galaxia Gutenberg

  • Textos parlamentarios

Cámara de los Lores. Discurso de Byron

  de algunos individuos gracias a la mejora de los instrumentos de la profesión…
Decís que esos hombres forman un populacho amotinado, que están desesperados y son peligrosos e ignorantes, y parecéis pensar que la única manera de acallar a la multitud batalladora es cortar algunas de esas cabezas superfluas. ¿Somos conscientes de nuestras obligaciones hacia el populacho? Es ese populacho el que trabaja vuestros campos y os sirve en vuestras casas y entre el que reclutáis a vuestra marina y a vuestro ejército. ¡Os ha permitido desafiar al mundo entero y puede, a su vez, desafiaros cuando la negligencia y la calamidad lo empujan a la desesperación! ¿Acaso no hay ya suficiente sangre en vuestro código penal para que haya que derramar más todavía, que brotará hasta el cielo para testificar contra vosotros? ¿Vais a erigir una horca en cada campo y colgar a los hombres como espantapájaros? ¿Vais a instaurar la ley marcial? ¿Son esos los remedios para un pueblo hambriento? ¿Creéis que los pobres indigentes famélicos que han desafiado a vuestras bayonetas quedarán impresionados por vuestras horcas? Cuando la muerte es un alivio, y el único alivio que parece que estéis dispuestos a darles, ¿vais a matarlos para que conozcan por fin la tranquilidad? ¿Y tendrán que encargarse vuestros verdugos de aquello que vuestros granaderos no han podido conseguir?

*Extracto del célebre discurso que pronunció Byron en la Cámara de los Lores el 27 de febrero de 1812.

(https://www.elsaltodiario.com/la-utopia-en-actos/lord-byron-y-los-luditas-no-hay-mas-rey-que-ludd)

Me llevaron a su casa de campo y me admitieron. . . Durante la ceremonia, un Gran Maestre me hizo prestar juramento con dos hachas en el pecho: cuando hice mi juramento de lealtad, me quitaron la venda de los ojos al ver la verdad de la hermandad. Las hachas simbolizaban que los brazos se levantarían contra mí si los traicionaba, pero no tenía ninguna intención de jugar a Judas. Semanas después, me pusieron a cargo de mi propio regimiento, llamado turba.

«Hacen mucho el amor y asesinan un poco».


[1]Me llevaron a su casa de campo y me admitieron… Durante la ceremonia, un Gran Maestre me hizo prestar juramento con dos hachas en el pecho: cuando hice mi juramento de lealtad, me quitaron la venda de los ojos al ver la verdad de la hermandad. Las hachas simbolizaban que los brazos se levantarían contra mí si los traicionaba, pero no tenía ninguna intención de jugar a Judas. Semanas después, me pusieron a cargo de mi propio regimiento, llamado turba.

Por cierto, no le faltaba humor en medio de toda clase de aventuras en Italia. Así sintetizaba su visión de los italianos: «Hacen mucho el amor y asesinan un poco».

[2] Pero no puedo abandonar Grecia mientras exista la posibilidad de que mi estancia aquí pueda ser de alguna utilidad (incluso supuesta). Existe un objetivo que es millones de veces más valioso que yo mismo y, mientras pueda, me mantendré firme en mi apoyo a dicha causa.

[3] Childe significaba el primogénito de un noble

[4] Napoleón

[5] Agustina de Aragón

[6] El estribillo en el original está en romaico o griego moderno: Ζωή μου, σᾶς ἀγαπῶ.

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